A mes y medio del paro camionero: ¡La lucha viva en las carreteras!

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Se completa cerca de 44 días de, quizás, el paro más largo y radical que ha vivido el gobierno Santos. Las noticias se llenan de disturbios, llantas quemadas, autos estrellados, intervenciones policiales, la subida de los precios de la canasta familiar y de discursos presidenciales, por supuesto, acompañando al gobernante de la nación siempre los altos comandantes de la policía y el Ejército.

En varias de las ciudades principales del país, así como de los municipios que les abastecen de comida, gasolina y otros productos, miles de camioneros se concentrar en las vías para presionar al gobierno a resolver muchas de las problemáticas que tiene su gremio. Entre las reivindicaciones es preciso hacer la acotación de que muchas de estas demandas se desarrollan en el marco de la crisis neoliberal (que se ha venido agudizando desde el inicio del actual gobierno), que afectan en primer momento el bolsillo de los dueños de grandes capitales, como quienes tienen bajo su poder docenas e incluso cientos de camiones, mulas y carro tanques, y terminan inevitablemente afectando el pequeño propietario (de uno o dos automotores) y los conductores empleados. Esta característica, tan propia de los gremios de transportadores (al igual que los taxistas y buseteros, donde los trabajadores y pequeños propietarios son la víctima secundaria cuando se tocan las arcas de los socios de grandes empresas) ha hecho que sea un gremio bastante particular.

Un ejemplo de ello sucedió a comienzos de año, exactamente el 17 de marzo durante la jornada de movilización nacional, cuando en plena tarima en la plaza de Bolívar y frente a trabajadoras, estudiantes, jóvenes, campesinas y activistas de los más variados movimientos sociales, un directivo de la Asociación Colombiana de Camioneros denunciaba que “Santos seguía atentando contra los camioneros, mientras va a entregar un salario de 1’800.000 pesos a los desmovilizados de las FARC”, ante lo cual el grueso de la marcha (donde la mayoría era afín a los diálogos de paz) silenció los permanentes aplausos y comenzó a chiflar. Por supuesto, que esto no es propio de todo el gremio, pero demuestra esta particularidad de unos discursos del sector camionero, que guarda distancias con otros movimientos de trabajadores.

Entre los motivos que rodean este paro se encuentra el bajo precio de los fletes, el alto costo del peajes y combustible, y el nefasto programa de chatarrización del gobierno Santos, que pretende reducir el número de camiones en el país para permitir el ingreso de la competencia neoliberal, en cabeza de empresas transportadores Europeas, Asiáticas y Norteamericanas, que miran con hambre el futuro negocio de movilidad en las vías del país luego de firmados los diálogos de paz. Esta situación que como dijimos afecta a los grandes dueños, se vuelve cada vez más insostenible tanto para los empleados conductores como para los pequeños propietarios, que ven sus ingresos cada vez más precarios. La combinación de este factor, más la mano dura de Santos, ha hecho que el gremio tome una posición radical de continuar el paro pese a las amenazas judiciales, represivas e incluso desafiando las ordenas de Santos.

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Tanques de guerra desplegados en Duitama, Boyacá, luego del asesinato de un manifestante por parte del ESMAD

Sin embargo, es también menester concentrarnos en la capacidad de disputa que han generado precisamente las bases camioneras, la mayor parte humildes y que sienten el problema de la crisis en carne propia. Esta radicalidad ha permitido florecer cierto grado de asamblearismo (como se puede ver en las ya famosas reuniones organizadas en el sector de la Calle 13 por Fontibón, en la Entrada a Bogotá), donde diferentes camioneros se organizan para realizar las marchas, bloqueos y discuten sobre los puntos de negociación. Sin lugar a dudas, este hermoso ejemplo se ve opacado por la falta de democracia al interior del gremio, pues parece que las apreciaciones de la base suelen detenerse en los niveles medios de la ACC, que controlan el movimiento a nivel regional. A pesar de ello, la fuerza de los camioneros ha bloqueado prácticamente las principales vías del país, sobre todo de la zona andina, donde se han venido presentado fuertes disturbios que al día de hoy se han saldado con una persona muerta por impacto de un gas lacrimógeno lanzado por el ESMAD y decenas de heridos.

Esta resistencia antineoliberal, que tiene dos caras, ha logrado ganar gran capacidad logística y mediática, sostenida sobre el poderoso aparato de la ACC, conocida por otros paros en el pasado, muchos de ellos que acabaron con negociaciones incumplidas. Es precisamente este incumplimiento el que ha llevado a un paro tan largo y sostenido. Pero sin lugar a dudas, uno de los factores que más fortalece este paro son los acumulados políticos e incluso económicos que ha logrado construir la burocracia de la ACC y ha permitido mantener logísticamente la huelga, y sin riesgo a equivocarnos, muchas veces manipulando y mintiéndole a las bases, quienes a la larga son las que ponen la mula en la vía y el pecho contra el ESMAD. Cabe solamente señalar las infrahumanas condiciones materiales a las que están expuestas muchas de las trabajadores de camiones, condiciones fomentadas activamente por sus patrones pertenecientes a la ACC, que por supuesto no acogen de ninguna manera este tipo de problemáticas en las negociaciones. Esta arista escondida del conflicto, está acompañada de los casos de corrupción al interior del gremio, que van desde carteles de chatarrización hasta participación con dinero propio en campañas parlamentarias. Con esto no se pretende deslegitimar el paro, sino señalar la doble actitud del gobierno Santos, incapaz de limpiar la corrupción de sus propias filas (incluso premiándola) y guardando este tipo de escándalos para el momento donde lo necesiten, como ahora, que salpican al líder camionero Aguilar.

Pero este tipo de acusaciones no pretenden, de ninguna manera, echar al piso el paro actual, que como espacio coyuntural, responde a dinámicas sociales, económicas y políticas que le rodean. Precisamente una de ellas ha sido la incapacidad de la izquierda de lograr insertarse en el gremio camionero, incluyendo al movimiento libertario, que por lo demás no ha logrado consolidar fuerza en algún sector laboral. Esta situación se da por dos factores: por la tradición de izquierda presente en los sectores rurales, que ha dejado en parte de lado a los trabajadores de ciudades (donde predominan burocracias de centro-izquierda), y de otro lado la contra-coyuntura que ha significado en ciertos momentos los diálogos entre las FARC y el gobierno nacional en La Habana, donde ahora las grandes maquinarias de izquierda se concentran en darle apoyo al plebiscito por la paz.

Salvo contadas excepciones (especialmente Boyacá, donde sectores urbanos y campesinos se han sumado al paro camionero), la solidaridad, aunque se ha dado, ha sido escasa si la comparamos con anteriores coyunturas como la minga de resistencia que se dio hace cerca de un mes. Esto ha generado un caldo de cultivo fácil donde, de manera oportunista, sectores de extrema derecha han entrado para capitalizar el paro hacia sus objetivos, expandiendo un discurso antisubversivo que busca, de forma grotesca, relacionar el paro camionero con una ilusa entrega del país al castro-chavismo por parte de Santos, olvidando que la actual crisis es en gran parte culpa del gobierno Uribe, que fue quien inició la estrepitosa subida del precio de combustibles. Quizás, con un mayor acompañamiento y solidaridad, se podría reenfocar objetivos de lucha, por lo menos en las bases. Esto, porque también es común ver que las grandes maquinarias de izquierda que han intentado acercarse a los camioneros no lo han hecho precisamente desde un sólido acompañamiento a las bases, sino en mesas cerradas de discusiones con las dirigencias, que como ya dijimos, están encerradas en su confort producto de la explotación y la burocracia sindical.

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Así, desde los sectores en lucha que nos identificamos con la praxis libertaria y de la autonomía, es un deber urgente en la medida de nuestras posibilidades acompañar -no ciegamente- este paro, buscando blindarlo frente a la ya cantada represión y buscar, humildemente, expandir lecturas y prácticas revolucionarias al interior del gremio. No sobra recordar que precisamente, y como estrategia de guerra preventiva y psicológica, el gobierno Santos ha llamado al Ejército Nacional a militarizar las carreteras del país y las plazas de los municipios donde se desarrollan las protestas, donde abundan los soldados, helicópteros, tanques de guerra y hasta drones.

Esta solidaridad no debemos hacerla solamente a razón de buscar ampliar las banderas de lucha con el objetivo de ir expandiendo nuevas perspectivas dentro de este movimiento, sino también, porque una victoria de un paro que ha durado tanto y ha demostrado tanta beligerancia sería un ejemplo para el futuro, donde un monstruo al parecer todopoderoso como Santos (que incluso tiene la fuerza de colocar a gran parte de la izquierda bajo su brazo) puede caer ante la unidad en la lucha. Este ejemplo no es solo para el gremio transportador, sino para todo el pueblo colombiano, que ya ha venido preparándose para las futuras batallas que deberá librar contra la ofensiva final del neoliberalismo, antecedida por el inicio del famoso “posconflicto”.

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